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    La familia desde una perspectiva bíblica

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    La familia desde una perspectiva bíblica

    Mensaje  administrador el Miér 17 Feb 2010 - 21:30

    Para reflexionar sobre la familia desde una perspectiva bíblico-teológica, partimos de la convicción de que la familia no es el fruto de la mera necesidad biológica de perpetuar la especie, ni solamente la unidad económica que sustenta a los individuos ya la sociedad, ni tan sólo el medio más efectivo de transmitir la cultura, ni siquiera el resultado de un contrato social, ni el producto natural de dos seres que se aman. Cuando hablamos de la familia, estamos hablando de algo que nos trasciende. Estamos tocando un tema que tiene origen en Dios mismo. Con razón el apóstol Pablo dice que estamos frente a un misterio (Ef. 5:32) y lo compara con la relación de Cristo y la Iglesia. «Misterio» en el sentido bíblico quiere decir un valor, una significación y una riqueza que son difíciles de conocer aparte de la revelación divina.
    En el mensaje bíblico, Dios, quien garantiza el tiempo de la siembra y de la cosecha (Gn. 8:22), quien da comida a todos los seres vivientes (Sal. 104:27; :136:25; 145:15–16) y gobierna las bóvedas celestes (Is. 40:1–26), quien crea y forma cada nueva criatura que es concebida (Job 31:15; Sal. 139:13; Is. 43:7) e infunde vida al que nace (Gn. 29:31; 30:22), ha establecido que sea en el círculo de la familia que él mismo forma, sustenta y protege a las nuevas generaciones (Sal. 22:9–11).
    Desde una perspectiva teológica, el matrimonio y la familia pertenecen al orden de la creación y no tanto al de la historia (el estado y la ley) o al de la redención. En otras palabras, el matrimonio y la familia no son instituciones «cristianas», ya que no se inician con Cristo, ni se limitan al ámbito de la Iglesia. El matrimonio y la familia son más bien instituciones «humanas», ya que por el acto creativo de Dios se insertan en la misma naturaleza y estructura humanas. Sin embargo, la familia cristiana alcanza un significado y un valor muy elevados al pertenecer a la dimensión de la nueva creación en Cristo y participar como instrumento del Reino de Dios en la tierra.
    Al mismo tiempo, la vida familiar se organiza de acuerdo con la cultura en la cual se desarrolla y en interacción constante con el momento histórico en que está presente. Además, las formas de organización familiar evolucionan con el tiempo. Así como no es posible establecer una definición universal y normativa de familia, tampoco es posible pretender aplicar indiscriminadamente las formas culturales de organización familiar de los tiempos bíblicos a las más complejas relaciones familiares de nuestro tiempo. Es aquí donde la labor hermenéutica y la reflexión teológica están llamadas a hacer su contribución. Esas tareas que van a iluminar la acción pastoral no pueden hacerse de una vez para siempre. Al contrario, cada nueva generación tiene el deber de retomar los textos bíblicos y trabajar con ellos para encontrar lo que ellos tienen que decir a las familias contemporáneas.
    Con este esfuerzo editorial queremos estimular la reflexión bíblico-teológica sobre el matrimonio y la familia, conscientes de que hay mucho por hacer.
    La mayoría de los trabajos son contribuciones de latinoamericanos que han reflexionado sobre el tema. C. René Padilla, Edesio Sánchez Cetina, Jorge Atiencia son personas conocidas en el ambiente teológico. Dos mujeres han hecho también su aporte: Margareth Brepohl, psicóloga, y Dorothy Flory de Quijada, periodista. Hay también un trabajo del educador norteamericano John H. Westerhoff quien, con mucha sensibilidad transcultural, propone desafíos a la familia contemporánea —y a la Iglesia— en esta época compleja que nos toca vivir. Incluimos un trabajo de Jean Jaques von Allmen, el erudito bíblico suizo, recién fallecido, sobre el difícil tema del matrimonio en los escritos de Pablo. Los hermanos de España aportan con su reflexión sobre el divorcio a la luz de las Escrituras y de los difíciles problemas pastorales que éste plantea a las iglesias evangélicas. Para finalizar, hemos incluido un documento sobre la pastoral familiar elaborado por la Iglesia Evangélica Metodista Argentina, como una muestra de preocupación ministerial.
    Esperamos, mediante estos artículos, desafiar a las iglesias evangélicas de habla española, a proseguir la tarea hermenéutica y teológica en torno al matrimonio y la familia.
    Jorge E. Maldonado, editor

    1

    La familia en los tiempos bíblicos
    Jorge E. Maldonado*
    El propósito de este trabajo es considerar las diferentes formas en que se organizaba la vida familiar en los tiempos bíblicos, sus costumbres y tradiciones. Se espera que el ejercicio sirva como una introducción a la discusión teológica de los artículos siguientes.
    Es probable que lo que hoy llamamos «familia» muy poco tenga que ver con las expresiones culturales de la época bíblica. Una comprensión de esas diferencias nos ayudará a retomar la tarea siempre nueva de encontrar en la Escritura —en medio de los elementos culturales en que ésta fue escrita— los principios y valores necesarios para orientar nuestro trabajo teológico y pastoral hoy en día y en nuestro contexto.
    El grupo social llamado «familia» se encuentra presente en todas las culturas desde los tiempos antiguos hasta los contemporáneos. Científicos sociales que han estudiado los diferentes pueblos alrededor del mundo parecen coincidir en la observación de que «en toda sociedad conocida, casi cada persona vive sumergida en una red de derechos y obligaciones familiares».1 El término describe una diversidad de realidades sociales desde la red extensa de parientes —que se encuentra especialmente en sociedades agrarias— hasta la familia nuclear contemporánea y sus variantes, peculiar de las áreas urbanas e industrializadas del mundo.
    Las definiciones de «familia» se forjan cultural e históricamente. En la parte noroccidental del mundo, donde se han experimentado por más tiempo los efectos de la industrialización, la familia nuclear tiende a ser normativa. En la parte sur del mundo, donde otros modos de producción y organización social coexisten y la supervivencia depende en gran parte de las redes de parentesco, el término «familia» tiene un sentido más amplio. Aunque todos tenemos una noción bastante definida de lo que es una familia, todavía es difícil establecer una definición universal y normativa.
    Lo que distingue a la familia de otros grupos sociales es sus funciones: un lugar común de residencia, la satisfacción de necesidades sexuales y afectivas, la unidad primaria de cooperación económica, y la procreación y socialización de las nuevas generaciones. Sin embargo, estas funciones, tradicionalmente asignadas a la familia, describen mejora la tribu, al clan o a la familia extendida. Históricamente —y ese es el caso de las familias en la Biblia— la raza humana ha existido primeramente en grupos sociales más extensos que la familia nuclear. Cuando la convivencia humana creció en su complejidad, tribus y clanes dieron lugar a la familia extendida y a un sinnúmero de instituciones sociales secundarias. La familia nuclear es una adaptación posterior. Esto no quiere decir que el núcleo constituido por hombre-mujer y sus hijos no existiera antes de la era industrial, sino que no se lo consideraba como «familia» aparte de esas redes más extensas y entretejidas de relaciones familiares. En breve, hoy en día se considera familia tanto la «unidad social básica formada alrededor de dos o más adultos que viven juntos en la misma casa y cooperan en actividades económicas, sociales y protectoras en el cuidado de los hijos propios o adoptados»,2 como la «red más extensa de relaciones establecidas por matrimonio, nacimiento o adopción».3 En todo caso, las maneras en que esas relaciones se establecen, los derechos y obligaciones asignados a los sexos, y el número de personas que la forman, difieren grandemente de un lugar a otro de acuerdo con la cultura, la clase social, la religión y la región del mundo donde se vive.
    La familia en el Antiguo Testamento
    Es tarea imposible tratar de exponer en unos pocos párrafos la enorme variedad de expresiones familiares y su evolución a lo largo de miles de años que cubre el Antiguo Testamento. Durante ese período se dieron muchos cambios. Abraham vivió una vida semi-nómada. Sus descendientes, que se asentaron en Canaán, construyeron ciudades e interactuaron con la gente de la región. Cuando decidieron tener un rey en vez de jueces locales, experimentaron la prosperidad, pero también los trabajos forzados, los impuestos y la brecha creciente entre ricos y pobres. Luego de la división del país en dos reinos, las invasiones de Siria, Egipto, Asiria, y Babilonia, así como los setenta años de exilio y luego el control político por parte de Persia, Grecia y Roma, sin duda imprimieron huellas profundas e introdujeron cambios significativos en la vida familiar de la gente del Antiguo Testamento.
    Sin embargo, es posible afirmar que la familia fue de central importancia en la organización de las sociedades veterotestamentarias.
    Sin duda que otros factores estuvieron presentes en la formación de las sociedades de los períodos más remotos que da cuenta el Antiguo Testamento, pero ninguno de ellos desempeñó un papel más importante que la familia... Todos los asuntos públicos fueron, hasta cierto punto, asuntos familiares; estaban regulados por los ancianos, o sea los cabeza de familia y de los clanes.4
    En el tiempo de la peregrinación de Israel por el desierto se definió su estructura. Una tribu estaba formada por varios clanes que a su vez eran grupos de familias unidas por lazos de consanguinidad (Jos. 7.14-18). En esa estructura social Israel veía a cada individuo como miembro de una familia. Cada familia a su vez estaba unida a otras familias que formaban un clan. El clan a su vez estaba unido en grupos más extensos, formando las tribus, de modo que toda la nación de Israel era en efecto, una gran familia de familias.
    La familia en el Antiguo Testamento era definitivamente patriarcal. Uno de los términos para designarla es «casa paterna» (bet ab). Las genealogías se presentan siempre a través de la línea paterna. El padre tenía sobre los hijos, incluso los casados, si vivían con él, y sobre sus mujeres, una autoridad total, que antiguamente llegaba hasta el derecho de vida o muerte. La desobediencia y la maldición a los padres eran castigadas con la muerte (Éx. 21:15–17; Lv. 20:9; Pr. 20:20). A medida que el sistema legal evolucionó, ese derecho del padre fue transferido a las cortes, pero en esencia no cambió: ante la queja de un padre, la corte generalmente pronunciaba sentencia de muerte.5
    Otro de los términos usados en el Antiguo Testamento para familia en el hebreo es mishpahah, que significa familia, pero también clan, tribu, pueblo, y describe al grupo de personas que habitan en un mismo lugar o en varias aldeas, que tienen intereses y deberes comunes, y cuyos miembros son conscientes de los lazos de sangre que los unen, por lo que se llaman «hermanos» (1 S. 20:29).6
    Otra palabra en el Antiguo Testamento para designar familia era «casa» (bet o bayit).7 Se la usa para denotar vivienda, y figuradamente el lugar donde Jehová habita (especialmente con referencia al tabernáculo o al templo). También significa familia, descendencia y hasta un pueblo entero, como en «la casa de Israel» (Jos. 24:15 y Ez. 20:40). La palabra «casa» aparece más de dos mil veces en toda la Biblia.8
    Los patriarcas hebreos seguían las costumbres de sus vecinos con respecto a tener más de una esposa; es decir, eran polígamos. Una familia de aquellos tiempos, con frecuencia, incluía al esposo, sus esposas y sus hijos, sus concubinas y sus hijos, los hijos casados, las nueras y los nietos, esclavos de ambos sexos y sus hijos nacidos bajo ese techo, los extranjeros residentes en su predio, las viudas y los huérfanos, los allegados y todos cuantos estaban bajo la protección del jefe de la familia.9 Cuando Lot fue tomado prisionero por los reyes de Canaán, Abraham «juntó a los criados de confianza que habían nacido en su casa que eran 318 hombres en total» (Gn. 14:14) y logró rescatar a su sobrino.
    Un término importante para nuestra discusión es «padre» (’ab).10 Se usaba para referirse no sólo al padre, sino al abuelo, y a los antepasados distinguidos como Abraham. También se aplicaba a hombres de mucho respeto, sin que mediara parentesco alguno. El padre cumplía funciones sacerdotales. Religión y familia estaban entretejidos con las mismas hebras. La comunidad de adoración básica que mantenía la cohesión social de ese entonces era la familia. Al igual que en otros grupos humanos a su alrededor, entre los hebreos el padre de la casa era también el sacerdote que vigilaba las relaciones entre la gente de su casa y Dios (Job 1:5). Esto es mucho más evidente después del Éxodo, cuando el padre ocupa el lugar predominante en el ritual de la pascua (Éx. 12:21–28). Los miembros de la familia estaban bajo estricta obligación de reunirse en el santuario familiar (1 S. 20:29).11 Quien cumplía esta función religiosa en lugar de un padre, adquiría tal dignidad. Así Moisés fue llamado «padre» de los hijos de Aarón (Nm. 3:1). Los profetas eran llamados «padres» por sus discípulos (2 R. 2:12). Más tarde los rabinos fueron también llamados «padres».12
    El pueblo de Israel también usaba la palabra «padre» para referirse a Dios. La Biblia la usa para hacer referencia a la relación de Dios con su pueblo (Dt. 14:1; Is. 64:8; Pr. 3:12). En la relación de Jehová con el pueblo de Israel, éste es llamado «hijo» o «hija», y a veces «esposa» (Os. 11:1; Jer. 3:22; 31:17; Is. 54:6). En Isaías 66:13 la imagen análoga para Jehová es la de una madre, y en Isaías 54:5 es «marido».
    La fertilidad era considerada como parte esencial de la promesa de Dios al pueblo judío. Se hacían provisiones para asegurarla. Por ejemplo, si un hombre casado moría sin dejar hijos, su hermano estaba en la obligación de tomar a la viuda por esposa a fin de continuar la descendencia de su hermano fallecido (Dt. 25:5–10). Una mujer estéril podía dar una de sus esclavas al marido para que, a través de ella, pudiera tener hijos (Gn. 30:1–13).
    Los niños estaban incluidos en el Pacto o alianza de Dios con Israel mediante la circuncisión que se realizaba a los ocho días de nacido un varón. Los niños eran instruidos en la Ley por el padre en el contexto cotidiano del hogar (Dt. 6:4–9) y participaban activamente en las celebraciones de la Pascua y otras festividades religiosas en el hogar. Solamente después del exilio babilónico se institucionalizó la instrucción religiosa. Se ponía mucho énfasis en la obediencia a los padres y maestros y se usaba con frecuencia la vara y el castigo corporal para disciplinar a los niños (Pr. 22:15; 13:24).
    La condición de la mujer
    Aunque las mujeres hacían gran parte de los trabajos duros de la casa y del campo, ocupaban un lugar secundario tanto en la sociedad como en la familia. Las solteras estaban bajo la tutela de su padre o de un guardián. Al parecer, las mujeres eran tratadas más bien como prendas de valor al ser «compradas» por sus futuros esposos, e incluso vendidas como esclavas (Éx. 21:7). Por norma, sólo los hijos varones tenían derecho a la herencia, y el hijo mayor tenía derecho a una doble porción de la propiedad de su padre. Sólo si no había varones en la familia, las hijas podían heredar a su padre. Si una familia no tenía hijos, la propiedad pasaba al pariente varón más cercano.13
    El compromiso nupcial (o el acto de contraer esponsales) era un contrato entre dos jóvenes realizado frente a dos testigos. La pareja se intercambiaba anillos o brazaletes. El novio o su familia tenía que pagar una suma de dinero, llamada mohar, al padre de la novia. A veces podía pagarlo en trabajo (Gn. 29:15–30). Al parecer, el padre sólo podía gastar el interés de ese capital, el cual debía devolverse a la hija a la muerte de sus padres o si ella enviudaba. Labán parece haber quebrantado esa costumbre (Gn. 31:15). El padre de la muchacha, a cambio, le daba una dote que solía consistir en sirvientas, regalos o tierras. El matrimonio era un evento más bien civil (familiar y comunal) antes que religioso. La boda se celebraba cuando el novio tenía ya su casa lista. Con sus amigos iba a la casa de la novia, en donde ella lo esperaba ataviada con su vestido especial para la ocasión y con un puñado de monedas que él le había entregado anteriormente. De allí el novio la llevaba a su nueva casa o a la casa de sus padres en donde se hacía la fiesta con los invitados. En el trayecto, amigos, vecinos e invitados formaban un cortejo con música y danzas.14
    En el matrimonio del Antiguo Testamento, el marido era el señor (ba’al) de su esposa. Por medio del matrimonio la mujer pasaba a ser propiedad del esposo. Las mujeres eran preciadas como potenciales madres destinadas a dar al clan el más precioso de los dones: hijos, y especialmente varones. De ahí que la esterilidad —atribuida generalmente a una falla en la mujer— era un estigma, considerado como castigo de Dios (Gn. 16:1–2; 1 S. 1:6). Sólo cuando la mujer llegaba a ser la madre de un hijo varón obtenía su completa dignidad en el hogar (Gn. 16:4; 30:1). El no tener un hijo era todavía más difícil de sobrellevar para el esposo: su casa (su descendencia) estaba amenazada por la extinción; las hijas se casaban y se iban; sólo los varones podían hacerse cargo del culto familiar, de discutir la ley y de portar las armas.
    La falta de hijos en un matrimonio conducía a veces al divorcio o la poligamia. Entre los hebreos, como entre la gente del mundo antiguo en general, el tener una numerosa prole era un deseo muy generalizado. Una bendición muy apreciada tenía que ver con la abundancia de hijos (Gn. 24:60), quienes eran considerados como «saetas en manos del valiente» (Sal. 127:3–5). Más tarde, cuando se adoptó una forma de vida más sedentaria, las mujeres llegaron también a ser apreciadas por su eficiencia en el trabajo hogareño (Pr. 31:11–30).
    Es interesante notar que, a pesar de tratarse de una sociedad patriarcal, muchos textos bíblicos mencionan al hombre y a la mujer juntos y en igual plano. Un primer ejemplo es Génesis 1, en donde los dos son hechos a imagen de Dios, ambos reciben el mandato de procrear y señorear. Este es en sí un pasaje en contra de la cultura dominante en donde sólo el varón, y en muchos lugares sólo el rey, podía ser imagen de Dios. Otro ejemplo es el quinto mandamiento que habla sobre el honor que deben los hijos a ambos progenitores (Éx. 20:12). Débora, «la madre de Israel» (Jue. 5:7), es una figura atípica del mundo antiguo, posible en un momento específico de la historia de Israel, antes de la monarquía. El libro de Proverbios habla varias veces de la necesidad de respetar y obedecer la enseñanza de padre y madre (Pr. 1:8; 6:20). El hablar mal del padre o calumniar a la madre se castigaba con la muerte (Dt. 21:18, 21; Éx. 21:15).
    En los escritos de los profetas se observa que la familia, llamada a ser el altar de la fe y de la instrucción espiritual, se convertía a veces en el foco de desorientación (Jer. 9:13–14; Am. 2:4). El deterioro de la familia era un poderoso recordatorio para «volverse a Dios» (Mi. 7:6–7). Varios de los profetas levantaron sus voces para hacer volver al pueblo a una relación familiar más justa y satisfactoria como parte de su compromiso con Dios. Oseas fue un testimonio viviente de la preocupación de Dios por la monogamia. Miqueas abogó por el amor en la familia y el respeto por los progenitores. Isaías proclamó la fidelidad conyugal de Yahweh, el esposo, hacia Israel. Ezequiel continuó favoreciendo el matrimonio monogámico y el reconocimiento de un lugar más alto para la mujer tanto en la familia como en la sociedad.
    Con el paso del tiempo evolucionó la estructura de la familia en Israel. La vida urbana trajo cambios. El tipo de vivienda en aldeas y ciudades restringió el número de personas que podían vivir en el mismo lugar. Disminuyó el número de esclavos en cada casa. El juicio de un hijo rebelde pasó a manos de los ancianos de la ciudad (Dt. 21:18–21). Precisamente en la época postexílica, según los relatos de los libros sapienciales, la familia judía se nos muestra más evolucionada: el amor marital y la educación de los hijos son preocupaciones constantes y la monogamia se supone como la forma corriente de relación conyugal.15
    La familia en los tiempos de Jesús
    La primera página del Nuevo Testamento ubica a Jesús, el Mesías, como miembro de la familia de David y de Abraham (Mt. 1:1). La culminación y el cumplimiento de las promesas del pacto hechas en el Antiguo Testamento se dan en la persona y obra de Jesucristo, nacido en la trayectoria de una familia (Mt. 1:1; Lc. 3:23–38; Ro. 4:13; Gá. 3:6, 7, 16). Todos estos textos son una continuación de la manera en que el Antiguo Testamento se aproxima al cumplimiento de las promesas en el contexto de la familia. De modo que, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, las declaraciones acerca del matrimonio y de la familia están ligadas con el mensaje total de las Escrituras que dan testimonio de Jesucristo (Jn. 5:39).
    También el Nuevo Testamento usa el término «casa» (oikos en griego) para describir la familia.16 Se habla, por ejemplo, de «la casa de Israel» (Mt. 10:6; Hch. 2:36; Heb. 8:8–10) y de «la casa de David» (Lc. 1:27, 69; 2:4) para indicarla línea de familia o el linaje.
    Las mujeres, siguiendo la tradición del Antiguo Testamento, tampoco eran consideradas «iguales» a los hombres. La mujer estaba obligada a obedecer a su marido como a su dueño... y esta obediencia era un deber religioso. Además, estaban excluidas de la vida pública. Joachim Jeremias escribe:
    Las hijas, en la casa paterna, debían pasar después de los muchachos; su formación se limitaba al aprendizaje de los trabajos domésticos, coser, tejer en particular; cuidaban también de los hermanos y hermanas pequeños. Respecto al padre, tenían ciertamente los mismos deberes que los hijos. Pero no tenían los mismos derechos que sus hermanos, respecto a la herencia, por ejemplo, los hijos y sus descendientes precedían a las hijas.17
    Según Josefo, el historiador judío del primer siglo, tanto los derechos como los deberes religiosos de las mujeres eran limitados. Sólo podían entrar en el templo al atrio de los gentiles y al de las mujeres. Había rabinos que sostenían que a la mujer no se le debía enseñar la ley. Las escuelas, donde se enseñaba la ley y además a leer y escribir, eran exclusivamente para varones. Sólo a algunas hijas de familias de elevado rango social les era permitido estudiar. En las sinagogas había separación entre hombres y mujeres. En el culto, la mujer sólo escuchaba; le estaba prohibido enseñar. En casa, la mujer no podía bendecir la comida. En general, la mujer en la cultura judía estaba segregada a un segundo plano, al igual que las mujeres de las culturas vecinas de la época.18
    Si la mujer ocupaba un lugar secundario en la vida doméstica, y sus deberes y derechos religiosos estaban limitados, en la vida pública no participaba en absoluto. Cuando la mujer judía de Jerusalén salía de casa, llevaba la cara cubierta con dos velos y otros atavíos que imposibilitaban reconocerlos rasgos de sus cara. La mujer que salía sin llevar la cabeza y la cara cubiertas ofendía las buenas costumbres al punto de exponerse a que su marido ejerciera el derecho —¡incluso el deber!— de despedirla, sin que estuviese obligado a pagarle la suma estipulada en el contrato en caso de divorcio. En síntesis, las mujeres debían pasar inadvertidas ante el público. Era una gran deshonor para un alumno de los escribas hablar con una mujer en la calle. El escriba Yosé Yojanán, que vivió un poco antes del tiempo de Jesús, recomendaba no hablar mucho con una mujer, incluso con la propia.19
    Mientras más notable era una familia, más estrictas eran las restricciones impuestas a las mujeres. Las solteras estaban restringidas al umbral de la casa paterna y las casadas debían portar siempre el velo. En las clases populares y en el campo, por razones económicas, parece que estas restricciones no se aplicaban en su totalidad, y las mujeres podían ayudar a sus maridos en sus trabajos y negocios.
    Los esponsales, que precedían al contrato matrimonial, se realizaban cuando las jóvenes tenían entre doce y doce años y medio de edad. Hasta ese momento, la joven estaba totalmente bajo la potestad del padre: no tenía derecho a poseer el fruto de su trabajo, ni a rechazar el matrimonio decidido por su padre. Con los esponsales el joven «adquiría» a la novia. Joachim Jeremias se pregunta si existía acaso una diferencia entre la adquisición de una esposa y la adquisición de una esclava, y se responde que no, aparte de dos hechos: a) la esposa conservaba el derecho jurídicamente reconocido de poseer los bienes (no de disponer de ellos) que había traído de su casa y b) la esposa tenía el amparo del contrato matrimonial que le aseguraba recibir una suma de dinero en caso de divorcio o de muerte del esposo.20
    Aunque los varones eran considerados adultos a los trece años, después de una ceremonia que los hacía «hijos de la ley» y que ocurría generalmente en el templo (Lc. 2:41–42), accedían a los esponsales y al matrimonio unos años más tarde que las niñas. Un dicho atribuido al rabino Samuel «el Joven» (fin del siglo i) contempla que «a los cinco años se está listo para la Escritura; a los diez para el Mishna; a los trece para el cumplimiento de los mandamientos; a los quince años para el Talmud; a los diez y ocho para la alcoba de la novia...»21
    El matrimonio tenía lugar ordinariamente un año después de los esponsales. Allí pasaba la novia definitivamente del poder del padre al poder del esposo. La joven pareja generalmente iba a vivir con la familia del esposo. Allí, además de enfrentar la desventaja de tener que adaptarse a una comunidad extraña, la joven quedaba en total dependencia de su marido. Aunque en los tiempos del Nuevo Testamento ya imperaba la monogamia, la esposa estaba en la obligación de tolerar la existencia de concubinas junto a ella. Además, el derecho al divorcio era exclusivo del hombre. El marido podía «despedir» a su mujer (Mt. 19:3), según algunas interpretaciones de Deuteronomio 24:1, en caso de encontrar en ella «alga vergonzoso», quedando este recurso al capricho del hombre. Los hijos, en caso de divorcio, quedaban con el padre, lo que constituía la prueba más dura para la mujer.22
    «Sólo partiendo de este trasfondo —dice Joachim Jeremias— podemos apreciar plenamente la postura de Jesús ante la mujer».23 Si bien Juan el Bautista había bautizado a mujeres (Mt. 21:32), Jesús permitió que mujeres le siguieran (Lc. 8:1–3; Mr. 15:40–41; Mt. 20:20). Jesús no sólo habló con mujeres (Jn. 4; Jn. 8:2–11) sino que discutió con ellas temas teológicos (Lc. 10:38–42; Jn. 11:21–27) en una época en que ningún rabino se atrevía a hacerlo. Estos acontecimientos no tienen parangón en la historia de la época. Es más, Jesús no se contenta con colocar a la mujer en un rango más elevado que aquel en que la había colocado la cultura de su tiempo, sino que la coloca ante Dios en igualdad con el hombre (Mt. 21:31–32). Si bien es cierto que Jesús no tomó mujeres entre los doce discípulos, no significa que estableció que para el resto de la historia las mujeres quedarían fuera de las funciones oficiales de enseñanza y gobierno de la iglesia. La profesora Irene Foulkes encuentra más bien en esto la clave hermenéutica para el inicio del nuevo Israel. El nombramiento de los doce —dice ella— era una especie de parábola actuada: significaba el arranque de un nuevo pueblo «que sobrepasaría en mucho a la vieja nación definida en términos de descendencia humana de los doce patriarcas».24
    Jesús y los niños
    En cuanto a los niños, en el Nuevo Testamento hay más de una docena de palabras griegas diferentes para describirlos, y se usan de manera muy diversa. Estos términos indican origen, estatus social, niveles de edad, etc. Algunas de esas palabras se usan también para designar a los siervos, a los simples, a los sencillos, a los ignorantes, a alguien inmaduro, a lo poco, a lo pequeño.25 Esto revela que la posición de un niño en el mundo del primer siglo no era la más envidiable.
    En el mundo greco-romano, la primera pregunta que surgía ante el nacimiento de un niño era si debía vivir o no. En Esparta, por ejemplo, la muerte de los niños estaba institucionalizada. Incluso los filósofos justificaban esa práctica, al parecer extendida en el mundo antiguo, de «exponer» (abandonar) a los niños. Platón, reflexionando sobre la ciudad ideal afirmó:
    Pienso que los hijos de buena familia deberán ser llevados a la casa de expósitos o a ciertas niñeras que viven en barrios apartados; pero los hijos de las clases inferiores y todos los que nacen con defectos, serán expuestos en secreto, de modo que nadie sepa qué ha sido de ellos.26
    Si bien la educación de los niños estaba regulada en el mundo greco-romano, las opiniones estaban divididas entre si los niños debían ser educados por sus padres en el hogar o si debían ser entregados a tutores, maestros y niñeras. Para los ciudadanos de Esparta, como para Platón, los niños debían ser separados y criados fuera de sus hogares. Educar a un niño era considerado como domar un animal. Platón afirmaba:
    Del mismo modo que las ovejas o cualquier otro animal no puede estar sin pastor, así los niños no pueden vivir sin tutor ni los esclavos sin amo. Y de todas las criaturas salvajes, el niño es la más intratable, en tanto que, por encima de todas ellas, posee una fuente de razonamiento que aún no ha sido domada, y por lo tanto es traicionero, astuto e insolente. El niño debe ser sujetado con muchos frenos —primero, cuando deja el cuidado de la niñera y la madre, con un tutor que guíe su ignorancia, y luego con maestros de toda clase de temas y lecciones— para que se transforme en un niño libre. Pero, por otra parte, debe ser tratado como un esclavo; y todo hombre libre que lo encuentre en falta deberá castigar tanto al niño como al tutor.27
    En contraste, para los israelitas el nacimiento de un niño—especialmente el de un varón— era un acontecimiento feliz, una bendición (Sal. 127:3–5). No sólo que se consideraba un crimen abandonar a un niño, sino que el mismo Dios de Abraham, Isaac y Jacob se presentaba como el protector de los niños abandonados (Ez. 16:4–14, específicamente aquí de una niña que simboliza a Israel). Los niños estaban incluidos en el pacto (o alianza) de Dios con Israel. Mediante la circuncisión de los varones y la presentación en el templo (Lc. 2:21–38) se los incluía en la comunidad. Los niños eran instruidos en la Ley por el padre (Dt. 6:4–9) y participaban activamente en la celebración de la pascua en el hogar. Sin embargo, en general los niños eran considerados insignificantes, al punto que no eran contados como gente (Mt. 14:21). El rabino del primer siglo Dosa ben Harkinas (c. 90 d.C.) escribió: «Dormir en la mañana, tomar vino al mediodía, conversar con los niños y sentarse a la mesa con gente ignorante, ponen a un hombre fuera del mundo».28
    Sólo ante el trasfondo greco-romano y judío de su tiempo es posible apreciar con justicia las palabras, actitudes y acciones de Jesús con los niños (Mt. 19:13–15; Mt. 11:25; Mt. 18:3; Mr. 9:36–37; Mr. 10:13–16; Lc. 7:31–35; Mr. 9:33–37 y sus respectivos pasajes paralelos). La actitud de Jesús hacia los niños era tan nueva y sorprendente que sus discípulos se quedaban desconcertados (Mr. 10:13–16).
    Aún hoy podemos preguntarnos si la iglesia cristiana desde entonces ha entendido totalmente estas sorprendentes acciones y dichos... En la persona de Jesús —en sus enseñanzas, vida, muerte y resurrección— el Reino de Dios estaba realmente anticipándose. Dentro de esta realidad anticipada del Reino, los niños aparecen en una luz totalmente nueva.29
    Jesús y la familia
    Jesús validó la institución familiar. Él mismo llegó al mundo a través de una familia en la cual, además de padres, tuvo hermanos y hermanas (Mt. 13:55–57). Jesús experimentó una niñez de crecimiento integral, tanto físico como intelectual, social y espiritual (Lc. 2:52). Como adulto, aunque rabino itinerante, sin hogar fijo (Lc. 9:58), supo disfrutar de la hospitalidad hogareña (Mt. 8:14; Lc. 10:38–42). Su primer milagro lo realizó en una boda (Jn. 2:1–12). Hizo muchos otros milagros que demostraron su preocupación por la familia (Mt. 8:14–15; Lc.7:12–16; Jn. 11:5–44). Nos enseñó a llamar a Dios «Padre nuestro» (Mt. 6:9) y lo presentó como el padre que espera alerta el retorno del hijo pródigo (Lc. 15:11–32). En la cruz se preocupó de la seguridad de su madre encargándola al discípulo que amaba (Jn. 19:26). Parece que no sólo su madre, sino también sus hermanos estaban entre los discípulos en el aposento alto después de su ascensión (Hch. 1:14).
    Jesús cuestionó la idea de que la descendencia biológica judía alcanzara para la membresía en el Reino de Dios (Mt. 12:48–50). Sin embargo, mucho de su ministerio público estuvo dirigido a la familia. Enseñó enfáticamente que el cuarto mandamiento, honrar padre y madre, permanecía válido aun por encima de las obligaciones cúlticas (Mt. 15:3–6; Mr. 7:10–13). Restableció claramente la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer en el matrimonio al negar al marido el derecho al repudio y a la poligamia (Mt. 19:3–8; Mr. 10:2–9), privilegios patriarcales reconocidos en el mundo antiguo.30 En su trato con las mujeres y los niños, gente de segunda categoría en la ciudadanía de ese entonces, Jesús no siguió las costumbres de la época. Según Jesús, los niños tenían un alto valor como miembros de su Reino (Mr. 10:13–16). Entre sus palabras más fuertes están las que tienen que ver con actitudes y acciones de adultos que hacen tropezar a un niño (Mt. 18:6).
    Los apóstoles y la familia
    Algunos apóstoles eran hombres de familia (Mt. 8:14; 1 Co. 9:5). Aunque San Pablo prefirió permanecer solo por causa del evangelio, honró el matrimonio de otros (1 Co. 7:1–9; 1 Ti. 4:1–4). Aconsejó a las esposas cristianas permanecer en unión con sus esposos, aunque éstos no fueran creyentes (1 Co. 7:10–16). La buena marcha de la familia fue una de las maneras de reconocer a pastores y diáconos (1 Ti. 3:1–13; Tit. 1:5–7). La hospitalidad en hogares cristianos era una virtud muy apreciada (Ro. 12:13; 1 P. 4:9). Las relaciones cristianas en los círculos familiares de los creyentes eran un poderoso testimonio a los inconversos (1 P. 3:1–7). Allí, en la familia, las virtudes abstractas de amor, perdón, gozo, paz, benignidad, dominio propio (Gá. 5:22) tienen la oportunidad de hacerse realidades concretas.
    El Apóstol Pablo y los demás escritores del Nuevo Testamento estaban familiarizados con los patrones de autoridad familiar que prevalecían en el ambiente de su tiempo. Aparentemente aceptaron las normas existentes y no abogaron por cambios en la estructura social. Sin embargo, por medio de sus enseñanzas y sus acciones hicieron evidente su convicción respecto al valor de las mujeres y los niños. En un ambiente en que los judíos hacían su oración matutina dando gracias a Dios porque no habían nacido ni gentiles, ni mujeres ni esclavos, ellos hablaron con mujeres, les instruyeron del Reino de Dios, ministraron a sus necesidades y les encomendaron un lugar en la obra del Reino (Hch. 1:14; 16:13–40; 18:26; Ro. 16:1–5; 1 Co. 16:19–20; 2 Jn.; etc.). No son pocas las menciones que San Pablo, por ejemplo, hace de mujeres como «colaboradoras en Cristo» (Ro. 16:1–4) y «combatientes» en el arduo trabajo de la evangelización (Fil. 4:1–3) y en la labor pastoral (Ro. 16:1). Nombres como Evodia y Síntique, Priscila y Febe han sido celosamente conservados en las Escrituras como una manifestación de los espacios que la Iglesia de Jesucristo del primer siglo, en medio de sus errores y limitaciones, abría y mantenía para el ministerio de la mujer.
    La estructura social patriarcal no fue puesta a un lado por Jesús y los apóstoles. La estructura familiar de aquella época, como la comunidad de personas relacionadas por vínculos de matrimonio y parentesco y regidas por la autoridad del padre, fue reconocida y puesta al servicio de Dios y la edificación de la Iglesia del Nuevo Testamento. El libro de Los Hechos de los Apóstoles narra casos de familias enteras que aceptaron el evangelio y fueron bautizadas (Hch. 10:24–48; 16:15; 16:31–33; 18:8). Esto da testimonio no sólo de la unidad familiar de los que se convertían al Señor, sino también de que el padre de familia —y a veces la madre, como en el caso de Lidia (Hch.16:15)— era el portavoz de toda su casa delante de Dios y de la comunidad (Jn. 4:53; Lc. 19:9; Flm. 1–2).
    Esto indica que el evangelio no arrancó bruscamente a los primeros cristianos de su sistema habitual de familia, ni los aisló inútilmente de la sociedad en que vivían. Más bien reconoció los valores de la familia (al igual que reconoció los valores de la cultura) cuando éstos correspondían a los principios del Reino de Dios. Al mismo tiempo, el evangelio evaluó y juzgó tanto el ambiente social como el familiar cuando estos no estaban de acuerdo con la voluntad de Dios.
    Es más, el vocabulario que el Nuevo Testamento usa para referirse a la relación de los redimidos proviene de las relaciones familiares. Por creer en Jesucristo somos hechos hijos del Padre celestial (Jn. 1:11–13). Al ser parte de la Iglesia estamos en la comunidad de hermanos, en la cual Cristo es «el primogénito entre muchos hermanos» (Ro. 8:29). Una evidencia de pertenecer a «la familia de Dios» (Ef. 2:19; Gá. 6:10) es la demostración del amor en la comunidad de hermanos (1 Jn. 3:14–16).
    A través de los saludos de San Pablo a los creyentes en Roma es posible asomarnos a la ventana de algunos de los hogares, casas y composiciones familiares en las iglesias del Nuevo Testamento. De las veintinueve personas que San Pablo saluda en el capítulo 16 de su epístola a los Romanos, solamente tres son parejas casadas y ninguna representa la típica familia patriarcal de aquel entonces: a Prisca (Priscila) se la nombra primero aquí (vv. 3–4) y en Hechos 18:18 señalándola como la que encabezaba la pareja ministerial junto con su esposo Aquila (Hch. 18:2); Andrónico y Junias (v. 7) representan una pareja igualitaria de «apóstoles».31 Filólogo (que significa «el que le gusta hablar», cualidad supuestamente femenina) y Julia (v. 15) forman la otra pareja. Aunque los hombres (diecinueve en total) son casi el doble que las mujeres (diez en número), sólo a tres hombres se los saluda como líderes de la iglesia, mientras siete de las diez mujeres son específicamente mencionadas por su liderazgo (vv. 1–2, 3–5a, 6a, 7a, 12). Puede concluirse que muchas de las iglesias del siglo i en el mundo helénico fueron fundadas y lideradas por mujeres. En efecto, la primera convertida en Europa fue Lidia (Hch. 16:11–15), a quien «el Señor le movió a poner toda su atención en lo que Pablo decía (y) fue bautizada con toda su familia» (vv. 14b–15a, VP). Al parecer, el modelo patriarcal de presbíteros (varones) fue un patrón que prevaleció entre las iglesias de origen judío.32
    El resto de casas que San Pablo saluda en Romanos 16 reflejan diversas configuraciones familiares que el Apóstol dignifica y apoya con sus saludos. No se hace alusión a la situación doméstica de algunas mujeres como Febe, la diaconisa de Cencrea a quien honra con su primer saludo (v. 1), María (v. 6) y Pérsida (v. 12b), y de algunos hombres tales como Epeneto (v. 5b.), Ampliato (v. 8), Urbano (v. 9), Estaquis (v. 9), Apeles (v. 10) y Herodión (v. 11). Trifena y Trifosa (v. 12) al parecer son dos hermanas que «trabajan en el Señor». Rufo vive con su madre (v. 13). El versículo 14 lleva un saludo a un grupo de cinco hombres que viven bajo el mismo techo con un número no determinado de otros hermanos, probablemente sus sirvientes o esclavos. Con Filólogo y Julia viven Nereo y su hermana, además de otro soltero, Olimpas, y otros «santos que están con ellos» (v. 15). Esta variedad de expresiones domésticas de la iglesia de Roma de ninguna manera es causa de divisiones sino de bendición, gozo y esperanza (vv. 17–20).
    Conclusión
    Cuando venimos a la Biblia para buscar elementos orientadores para la vida familiar y el trabajo pastoral con familias, no venimos con las maletas vacías. Traemos, por un lado, siglos de tradiciones cristianas que han interiorizado en nosotros valores, creencias, actitudes respecto al matrimonio, a la familia, a las relaciones entre hombre y mujer, etc. Por otro lado, acarreamos, sin ser necesariamente conscientes, tanto los patrones culturales que hemos heredado de generación en generación como los que se van formando alrededor nuestro aquí y ahora. Al llegar a la Biblia nos encontramos que el mensaje eterno de Dios se ha encarnado profundamente en sociedades humanas en el tiempo y el espacio, y como tales sujetas a cambio. De modo que para afirmar nuestras bases teológicas sobre el matrimonio y la familia no podemos simplemente hacer un listado de versículos sobre la niñez, el noviazgo, el matrimonio, la familia, y los hijos. Como hemos visto, necesitamos indagar sobre los contextos culturales, los momentos históricos, las costumbres y las limitaciones sociales en medio de los cuales se dieron los textos sagrados.
    Después de ese ejercicio, la pregunta crucial debe encararse: ¿cómo interpretar, usar y aplicar los textos bíblicos de hace veinte siglos o más a las condiciones tan distintas y en cambio continuo de finales del siglo xx? La profesora Foulkes, desde su perspectiva de maestra de la Biblia y mujer, afirma que hay que comenzar con Jesús. Jesús desafió los patrones culturales imperantes y sancionados por la religión que restringían los espacios humanos necesarios para el desarrollo pleno de mujeres, niños, siervos y marginados. Jesús, por su palabra y obra, abrió esos espacios facilitando a sus seguidores encontrar su lugar en la comunidad de redimidos y en la comunidad humana. Afirma que aunque esos espacios se interrumpieran, como en el caso de la lectura rabínica que San Pablo hace de Génesis 2–3 en 1 Timoteo 2, no se altera el impulso básico ya demostrado en su lanzamiento.
    Lo que la Iglesia en cada época posterior está llamada a examinar es cómo lanzarse hacia adelante sobre la línea ascendente marcada por Jesús, por Pablo y sus compañeros de misión y por las primeras comunidades. La tradición cristiana, a menudo muy influenciada por corrientes que no parten de Jesús ni de su obra liberadora, ha perdido de vista esa trayectoria iniciada. Es responsabilidad nuestra, en medio de nuestra cultura pero en fidelidad a Jesús, tratar de recuperarla y adelantarla.33
    Una observación final: mucha de la enseñanza de la iglesia acerca de la familia, se aplica a la persona, a la pareja y al hogar (o casa) en general. Con el reconocimiento logrado hoy por la persona como individuo, con la creciente distinción entre pareja y familia, con la justa afirmación de la mujer como persona diferenciada del hombre, y el control sobre la procreación, nos encontramos ante un proceso inevitable e irreversible hacia la clara distinción entre persona, pareja, familia y casa (como unidad doméstica, «household»).34 Este proceso, sin embargo, no tiene que ser visto con pesimismo. Al contrario, las familias cristianas contemporáneas tienen el potencial para desarrollar relaciones cercanas más justas y equitativas; la intimidad puede florecer a medida que las formas autoritarias desaparecen; la igualdad de los sexos puede proveer un mejor sentido de identidad y apoyo para las nuevas generaciones; la procreación —al ser considerada más bien opcional antes que esencial para la familia— puede estar dotada de un sentido más rico y pleno de realización y solidaridad humanas.
    Preguntas para la discusión
    1. Si las familias en los tiempos bíblicos eran tan distintas de las nuestras y no podemos extraer modelos para la vida familiar contemporánea, ¿cómo podemos guiarnos para formar familias que reflejen la voluntad de Dios?
    2. ¿Qué problemas teológicos nos plantea el hecho de que la mujer en el mundo de la Biblia era como una prenda, una propiedad, alguien valorada casi exclusivamente por la posibilidad de procrear hijos varones?
    3. Jesús y los apóstoles no cuestionaron las estructuras sociales injustas. ¿Qué otra cosa hubieran podido hacer en aquella época, a más de afirmar la igualdad de hombres y mujeres delante de Dios?
    4. ¿Cómo podemos distinguir los valores permanentes del Evangelio (que deben iluminar la vida familiar de todos los cristianos) de los patrones culturales que reproducimos (tanto en la época bíblica como en la actual)?
    5. Las familias que se forman por medio del matrimonio civil (u otra forma social establecida) ¿tienen o no la misma validez de las que se forman por medio de la iglesia?
    6. ¿Qué actitudes pastorales le toca a la Iglesia desarrollar hoy en día con un número creciente de parejas que se establecen por consentimiento mutuo y conviven —incluso en forma permanente y con hijos— sin formalizar ni legal ni religiosamente su relación?
    7. La participación de mujeres del Nuevo Testamento en tareas del Reino de Dios, ¿puede darnos algunos indicios para la ordenación de las mujeres en el ministerio de la Iglesia? ¿Cuáles y cómo?


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    Solo un buen siervo esta dispuesto a servir siempre.

      Fecha y hora actual: Jue 19 Jul 2018 - 6:50